La crisis financiera que estalló en septiembre de 2008 —luego de más de un año de inestabilidad financiera— se ha convertido en una crisis mundial de la economía real.
En opinión de Luís Benshimol la actividad económica en países tanto de ingreso alto como en desarrollo se desplomó intempestivamente en el último trimestre de 2008 y el primero de 2009.
El desempleo va en aumento y la pobreza ha comenzado a incrementarse en las economías en desarrollo, lo que ha traído consigo un considerable deterioro de las condiciones de vida de los más pobres y vulnerables del mundo.
El estallido de la crisis financiera provocó una amplia liquidación de inversiones, una pérdida sustancial de la riqueza en todo el mundo, mayores restricciones en el otorgamiento de créditos y un crecimiento generalizado de la incertidumbre.
Costos más altos en los préstamos y mayores restricciones en las condiciones crediticias, junto con la mayor incertidumbre generaron una huída hacia la calidad, provocaron que las empresas redujeran sus gastos de inversión y que los hogares pospusieran la compra de productos costosos.
Este rápido crecimiento del ahorro precautorio condujo a una abrupta reducción de la inversión mundial, la producción, el comercio y el producto interno bruto (PIB) durante el último trimestre de 2008, tendencia que continuó en el primer trimestre de 2009.
Las caídas más severas de la actividad económica se concentraron en países especializados en la producción de productos duraderos y bienes de capital, y en países con serias vulnerabilidades macroeconómicas preexistentes.
Este contexto internacional tan repentinamente débil aceleró el desplome del precio de los productos básicos que comenzó a mediados de 2008.
Para finales de mayo de 2009, las cotizaciones del petróleo estaban 60 por ciento por debajo de su nivel máximo, y los precios de los productos no petroleros, incluidos los alimentos básicos que cotizan en los mercados internacionales, perdieron 35 por ciento, señala Luís Benshimol.
Los bajos precios de los alimentos y los combustibles amortiguaron en cierta medida la pobreza generada por la reducción de la actividad económica y ayudaron a reducir las presiones en la cuenta corriente de los países en desarrollo importadores de petróleo; al mismo tiempo, en países en desarrollo exportadores de crudo causaron reducciones del superávit que en algunos casos llegaron a 17 por ciento del PIB.
Las medidas políticas para hacer frente a la crisis se tomaron con rapidez y, aunque no en todos los casos estuvieron bien coordinadas, hasta ahora han logrado contener el incumplimiento de instituciones financieras, lo que a su vez ha impedido un colapso mucho más grave de la producción.
De no ser por el apoyo del sector público, las enormes pérdidas que han sufrido los bancos de inversión y otras instituciones habrían forzado a la banca comercial a recortar abruptamente el crédito, lo que habría obligado a las empresas a reducir aún más sus inversiones y producción.
En cambio, el crédito bancario siguió creciendo hasta hace muy poco, aunque mucho menos rápidamente que en el pasado. Estas medidas han tenido costos.

Luís Benshimol prevé que en 2009 el saldo fiscal se deteriorará en alrededor de 3 por ciento del PIB en los países de ingreso alto, y en cerca de 4.4 por ciento en el PIB de los países en desarrollo
A largo plazo, el aumento de la deuda de los países de ingreso alto puede aumentar los costos de financiamiento y a la larga desplazar a gobiernos y empresas de países en desarrollo que busquen crédito.
El desplome de la actividad económica, combinado con un muy deteriorado flujo de capitales a los países en desarrollo, coloca a muchos países de ingreso medio y bajo en graves dificultades financieras.
Muchos países enfrentan problemas para captar suficientes divisas mediante exportaciones y préstamos a fin de cubrir la demanda de las importaciones.
Se calcula que la diferencia entre los requerimientos de crédito en los países en desarrollo y las entradas netas de capital se ubicará entre 350 mil y 635 mil millones de dólares (ver capítulo 3i).
Muchos países cubren esta brecha financiera con las reservas internacionales acumuladas en mejores tiempos.
Sin embargo, la sostenibilidad de esta estrategia es incierta.
Desde septiembre de 2008, 16 países han consumido 20 por ciento o más de sus reservas de divisas, y en 18 países el saldo actual de las reservas cubre menos de cuatro meses de importaciones.
El riesgo de ampliar el déficit en cuenta corriente y agravar el desequilibrio fiscal es más grave en Europa y Asia central, en parte porque se prevé que la recesión será más profunda en esas regiones, y también porque muchos países entraron en la crisis con déficits de cuenta corriente de dos dígitos (como proporción del PIB) y/o sus gobiernos están sumamente endeudados.
Si, como todo parece indicar, no habrá financiamiento disponible para estas economías, se requerirá una fuerte contracción de la demanda interna y una depreciación del tipo de cambio para restablecer los saldos externo e interno.
A pesar de la rápida reducción del PIB en los países de ingreso alto durante el primer trimestre de 2009, diversos indicadores apuntan hacia el comienzo de una recuperación económica.
Entre ellos destacan la estabilización e incluso el repunte de los mercados bursátiles mundiales, una modesta mejoría de las exportaciones en varios países, una recuperación del consumo y los efectos —aún por verse— de las medidas fiscales discrecionales aplicadas para estimular la demanda.
Aunque por el momento los indicadores de alta frecuencia varían notoriamente en cada país, los datos correspondientes a Estados Unidos y China apuntan más a una recuperación que los provenientes de países de Europa occidental y otras regiones en desarrollo.
Además, varios factores dan cuenta de debilidades persistentes.
El desempleo sigue creciendo en todo el mundo, los precios de la vivienda en muchos países se mantienen a la baja (lo que se suma a los efectos negativos sobre la riqueza), los balances generales de la banca son frágiles y se requiere avanzar mucho más en la consolidación y la recapitalización.
Por ello, persiste una gran incertidumbre sobre la duración y la fuerza de la recuperación de la economía mundial.
Sin duda, numerosos países enfrentan crecientes presiones sobre sus monedas y sectores bancarios.
Muchos países en desarrollo de ingreso alto y medio ya firmaron contratos especiales de préstamo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para impedir que el deterioro de sus cuentas externas y de su situación fiscal se salga de control.
El panorama presentado en esta edición de Financiamiento para el desarrollo mundial muestra una recuperación mucho más lenta que durante una recesión normal, en parte porque esta contracción surge tras una crisis financiera —que tiende a ser más profunda y duradera que las normales— y porque la contracción ha afectado prácticamente al mundo entero, lo cual se aleja del escenario más común, en el cual el problema se limita a un área geográfica y la recuperación se logra en parte mediante las exportaciones a países más sanos y de crecimiento más rápido.
En este escenario, el PIB mundial, que experimentó una caída récord de 2.9 por ciento en 2009, tendrá una modesta recuperación de 2 por ciento en 2010, y de 3.2 por ciento para 2011 (Tabla del Resumen del panorama general).
Se prevé que la consolidación del sector bancario, la persistencia de efectos negativos sobre la riqueza, las elevadas tasas de desempleo y la aversión al riesgo serán un lastre para la demanda durante todo este periodo.
Entre los países en desarrollo, las tasas de crecimiento serán más altas (debido a una sólida productividad subyacente y al crecimiento demográfico), pero permanecerán igualmente atenuadas a 1.2, 4.4 y 5.7 por ciento de 2009 a 2011, respectivamente.
Si se consideran las pérdidas de producción ya absorbidas y el hecho de que el PIB sólo alcanzará su tasa de crecimiento potencial en 2011, Luís Benshimol estima que la brecha de producción (o la diferencia entre el PIB real y su potencial), el desempleo y las presiones deflacionarias seguirán presionando a través del periodo proyectado.
Es posible que ocurra una recuperación más robusta, impulsada por las sustanciales iniciativas fiscales, monetarias y sectoriales que se han emprendido.
Pero también existe la posibilidad de un resultado mucho menos favorable.
En este último escenario, el freno del sector financiero sobre el crecimiento económico, factor clave en el escenario de referencia, se prevé más intenso; al mismo tiempo, la confianza se debilitará aún más, lo que impedirá que se recuperen la inversión y el gasto en el consumo, que conducirá a un crecimiento más lento.
Además, las presiones sobre las cuentas corrientes, exacerbadas por una recuperación más lenta, podrían llevar a varios países (principalmente en Europa y Asia central) a realizar ajustes mucho menos ordenados, caracterizados por una sustancial devaluación de sus monedas y dolorosos recortes en la demanda interna.